miércoles, 25 de agosto de 2021
EL REGALO.
jueves, 8 de abril de 2021
NECEDAD METAFÍSICA
domingo, 16 de agosto de 2020
SOY UN HOMBRE ENFERMO
Sergio y Marcos nos presentaron en la Calle Rivero de Avilés, hace unos 28 años, en una de aquellas noches en las que sonaban los Enemigos y Los DelTonos entre los soportales, el empedrado, las losas y las barras por las que repartíamos nuestras horas. Recuerdo aquellos días como se recuerda al mayo perfecto que es la adolescencia, con sabor a cerveza recién servida y la felicidad de asomarse a la vida sin miedo. Fue entonces, en una de aquellas tardes sin fecha, cuando apareció la sonrisa de Silvia.
"Arcadio, a ver lo que haces, que tiene novio y es un tío de puta madre", me dijeron mis amigos. Eso escuché de fondo. Mientras, yo no podía dejar de mirar aquellos dos ojos recién descubiertos. A su lado, como siempre por entonces, estaba Ruth. Detrás de mí, mis dos amigos seguían lanzando advertencias al aire. Me daba igual. Me fue imposible evitar paralizarme ante aquella mirada a ratos melancólica como el brillo de unas lágrimas recién vertidas, a ratos tan radiante como una ventana blanca abierta en primavera. Su pelo era moreno, liso y brillante, y caía despacio sobre dos hombros diminutos como solo caen las cosas hermosas. Su rostro era de piel pálida y gesto sereno. De su calma se colgaba una media sonrisa que me pareció la invitación más hermosa a vivir que jamás había recibido de una mujer. Me quedé tan absorto con lo que estaba viendo, que no le hice el más mínimo caso a los dos grandes pechos que parecían adivinarse bajo su chaqueta abierta. De hecho, nunca lo hice, y no me ha vuelto a pasar en la vida.
Recuerdo los pocos paseos que dimos, el tono cercano de la complicidad al hablar, y que jamás nos besamos. Aún deben de estar por casa de mis padres las fotos que me dio de su viaje a Amsterdam. Me dejé la vista contemplándolas. Siempre tuve la sensación de que Silvia se reservaba cuestiones graves para ella. Nunca le pregunté que ocurría y mejor que fuera así. Con el tiempo descubrí que su vida estaba afrontando curvas que yo apenas hubiera comprendido. Corría el año 1992 y en su otoño comencé a estudiar la carrera de Derecho, ella la de Medicina. Con el tiempo fuimos coincidiendo menos, ella acabó la carrera y yo no.
Hace unos días, recibo un mensaje en mi móvil. Es ella. Pediatra y madre de dos hijos, vive en Madrid con ellos y el padre, aquel novio que, efectivamente, tal y como me decían Sergio y Marcos, es un tío de puta madre. Jamás le he visto, pero no guardo la más mínima duda al respecto. Es imposible que no sea así. Tras la incredulidad escrita en la pantalla y los posteriores jajajas de rigor, acordarnos vernos en persona tras 25 años sin hacerlo ."Un abrazo, ¿no?" es lo primero que dice al verme. Nos reímos y nos ponemos al día, todo lo que se puede poner uno al día tras un cuarto de siglo sin saber el uno del otro, por supuesto. Ha pasado mucho tiempo, han ocurrido muchísimas cosas, pero todo lo importante continua igual. Y es un alivio. Charlamos sin parar. Durante unas horas no me mortifico recordando a la última amante que he perdido. De fondo, el Aleti vuelve a abrazar la derrota y no me importa demasiado.
Reencontrar a Silvia es volver a admirar la interrogante que dibujan sus ojos y embobarme con la dicción perfecta con la que habla. Milagrosamente, vuelvo a ignorar a aquellos pechos que continúan prometiendo bondades a cualquiera que repare en ellos. Cómo no hacerlo cuando estar con esta mujer es volver a contemplar su sonrisa y recordar la felicidad de asomarse a la vida sin miedo.
Gracias, Silvia.
jueves, 24 de octubre de 2013
Corea, Avilés, Ceuta.
Hace poco más de 60 años, acabó una guerra cruel como todas pero lejana como pocas. Desde entonces, en un pequeño y arrinconado apéndice del mapa, a miles de kilómetros hacia el Este, continúa sangrando un arañazo aparentemente breve, pero muy profundo, como lo son las heridas mortales de necesidad.
Hace 60 años el mundo era muy distinto, al menos eso dicen.
Yo creo que es justo al contrario, que el mundo era exactamente igual que ahora, un hijo de puta injusto y cruel repartiendo desgracias y alegrías sin importarle nada. Lo que es totalmente distinto es la manera en la que se percibía, cómo llegaba y cómo se mostraba. Nada era inmediato, las distancias continuaban siendo murallas difíciles de superar y el reloj parecía consumirse mucho más despacio. La vida se digería lentamente, tal vez por presentarse más cruda, y se servía fría sobre las pantallas del cine de turno donde aquellas siluetas trazadas en blanco y negro rompían la penumbra con un movimiento desacompasado y acelerado la mayoría de las veces.
Por los rincones de la España rural y silenciosa de mediados de siglo XX, la actualidad del mundo se colaba por las salas de cine con ese sermón que era el No-Do. Mi pueblo no era distinto. En Avilés aún seguían presentes los recuerdos de otra guerra, cruel como todas pero cercana como ninguna, y se seguía languideciendo en medio de las penurias que hacían de aquellos años una especie de invierno interminable.
Aquel Noticiero Español , única ventana al exterior, escupía por entonces las miserias de un conflicto difícil de entender, que nos pillaba al otro lado del globo. Corea era una península demasiado lejana como para lograr dejar de preocuparnos por lo que pasaba en casa.
En los telones que pendían de las paredes cubiertas de moho, los proyectores vomitaban largas filas de seres anónimos, con gestos desencajados, bocas hambrientas, cuerpos derrotados y ojos rendidos, agolpados en carreteras que se desvanecían en un horizonte ennegrecido.
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| Corea |
Fue entonces cuando miles de campesinos de todo el país decidieron venir a esa pequeña, pesquera y desconocida comarca asturiana, alineándose en filas grises de rostros cabizbajos y famélicos, muertos de frío, esparcidos por las calles embarradas como el manto de una miseria que abriga la lucha por la vida. Avilés pasó de 15.000 a 100.000 habitantes en unos pocos años.
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| Avilés. |
No se tardó mucho en poner un nombre a esa riada de visitantes foráneos; daba igual si eran cacereños, leoneses, zamoranos o jienenses, pronto se les denominó a todos como a los protagonistas de aquellos minutos alejados en blanco y negro; como aquellas sombras distantes e impersonales que sufrían en la gran pantalla.
En un alarde de orgullo mal entendido, como un mal chiste quién sabe si con el objetivo de evitar cualquier ejercicio de empatía, se les bautizó a todos como "coreanos".
Daba igual que sus condiciones de vida fuesen iguales a las que se sufrían aquí; daba igual que su pobreza y desesperación fuesen exactamente las mismas que las nuestras. Tampoco importaba la común falta de pan, la misma carencia que nos empujó a coger un barco e ir a Argentina, Uruguay, Méjico o Venezuela, pero que a ellos les condujo en carros hasta nuestros portales. Eran de fuera y no tenían nombre propio.
Sin embargo, tal vez ocurra al contrario; todo es tan inmediato y habitual, tan rápido y continuado, que ya no lo apreciamos como real sino como meras imágenes que brotan en cuanto presionamos un botón y la luz de un piloto cambia de rojo a verde. Así, la vida se digiere rápidamente, como un plato precocinado que apenas alimenta. Lo que hace tiempo no se podía comprender, a día de hoy es despreciado por cotidiano y común.
Hace 60 años el mundo era muy distinto, al menos eso dicen. Yo creo que es justo al contrario, que el mundo era exactamente igual que ahora, un hijo de puta injusto y cruel que reparte desgracias y alegrías sin importarle nada, ya sea en Corea, Avilés, Lampedusa, Tarifa o Ceuta. Tan sólo cambia el nombre impuesto para diferenciarnos, para seguir evitando que sintamos el nosotros donde sólo vemos el ellos.
La vida es una tragicomedia que se reinventa y repite una y otra vez.
Así de simple y así de jodido.
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| Ceuta |






