jueves, 24 de octubre de 2013

Corea, Avilés, Ceuta.


Hace poco más de 60 años, acabó una guerra cruel, como todas, pero lejana como pocas. Desde entonces, en un pequeño y arrinconado apéndice del mapa, a miles de kilómetros hacia el Este, continúa sangrando un arañazo, aparentemente breve pero muy profundo, como lo son las heridas mortales de necesidad.


Hace 60 años el mundo era muy distinto, al menos eso dicen.


Yo creo que es justo al contrario, que el mundo era exactamente igual que ahora, un hijo de puta injusto y cruel repartiendo desgracias y alegrías sin importarle nada. Lo que es totalmente distinto es la manera en la que se percibía, como llegaba y como se mostraba. Nada era inmediato, las distancias continuaban siendo murallas difíciles de superar y el reloj parecía consumirse mucho más despacio. La vida se digería lentamente, tal vez por presentarse más cruda, y se servía fría sobre las pantallas del cine de turno donde aquellas siluetas trazadas en blanco y negro rompían la penumbra con un movimiento desacompasado y acelerado la mayoría de las veces.


 Por los rincones de la España rural y silenciosa de mediados de siglo XX, la actualidad del mundo se colaba por las salas de cine con ese sermón que era el No-Do. Mi pueblo no era distinto. En Avilés aún seguían presentes los recuerdos de otra guerra, cruel como todas pero cercana como ninguna, y se seguía languideciendo en medio de las penurias que hacían de aquellos años una especie de invierno interminable.


 Aquel Noticiero Español , única ventana al exterior, escupía por entonces las miserias de un conflicto difícil de entender, que nos pillaba al otro lado del globo. Corea era una península demasiado lejana como para lograr dejar de preocuparnos por lo que pasaba en casa.


En los telones que pendían de las paredes cubiertas de moho, los proyectores vomitaban  largas filas de seres anónimos, con gestos desencajados, bocas hambrientas, cuerpos derrotados y ojos rendidos, agolpados en carreteras que se desvanecían en un horizonte ennegrecido.


Corea

Sin embargo, en uno de aquellos días, nos llegaron noticias que sí nos afectaban directamente. Se anunció  la construcción de una fábrica gigantesca a las afueras del pueblo, con una interminable disposición de naves kilométricas, chimeneas y hornos que iban a cambiar nuestras vidas para siempre.

Fue entonces cuando miles de campesinos de todo el país decidieron venir a esa pequeña, pesquera y desconocida comarca asturiana, alineándose en filas grises de rostros cabizbajos y famélicos, muertos de frío, esparcidos por las calles embarradas como el manto de una miseria que abriga la lucha por la vida. Avilés pasó de  15.000 a 100.000 habitantes en unos pocos años.


Avilés.

No se tardó mucho en poner un nombre a esa riada de visitantes foráneos; daba igual si eran cacereños, leoneses, zamoranos o jienenses, pronto se les denominó a todos como a los protagonistas de aquellos minutos alejados en blanco y negro; como aquellas sombras distantes e impersonales que sufrían en la gran pantalla.

En un alarde de orgullo mal entendido, como un mal chiste quién sabe si con el objetivo de evitar cualquier ejercicio de empatía, se les bautizó a todos como "coreanos".

Daba igual que sus condiciones de vida fuesen iguales a las que se sufrían aquí; daba igual que su pobreza y desesperación fuesen exactamente las mismas que las nuestras. Tampoco importaba la común falta de pan, la misma  carencia que nos empujó a coger un barco e ir a Argentina, Uruguay, Méjico o Venezuela, pero que a ellos les condujo en carros hasta nuestros portales. Eran de fuera y no tenían nombre propio.

Hoy en día, el mundo ha empequeñecido y viola nuestra intimidad a través de omnipresentes televisiones de plasma, los cines están cerrando y sus ecos se asoman en nuestras casas todos los días. Las distancias se devoran fácilmente y se nos permite ser conscientes de la actualidad del planeta prácticamente al instante allá donde estemos.

Sin embargo, tal vez ocurra al contrario; todo es tan inmediato y habitual, tan rápido y continuado, que ya no lo apreciamos como real sino como meras imágenes que brotan en cuanto presionamos un botón y la luz de un piloto cambia de rojo a verde.  Así, la vida se digiere rápidamente, como un plato precocinado que apenas alimenta. Lo que hace tiempo no se podía comprender, a día de hoy es despreciado por cotidiano y común.

Hace 60 años el mundo era muy distinto, al menos eso dicen. Yo creo que es justo al contrario, que el mundo era exactamente igual que ahora, un hijo de puta injusto y cruel que reparte desgracias y alegrías sin importarle nada, ya sea en Corea, Avilés, Lampedusa, Tarifa o Ceuta. Tan sólo cambia el nombre impuesto para diferenciarnos, para seguir evitando que sintamos el nosotros donde sólo vemos el ellos.

La vida es una tragicomedia que se reinventa y repite una y otra vez.

 Así de simple y así de jodido




Ceuta


                                                                 








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