miércoles, 20 de enero de 2016

PÉREZ



Hola, Carlos.

Supongo que ahora mismo seguirás mareado por la zozobra de esta chalana a la deriva en la que estamos todos embarcados, da igual que seamos demasiados o que nos parezca pequeña. Vivir es subirse a bordo de ella  y entender por fin la belleza del canto que nos regaló Remedios Amaya en Eurovision pese a no lograr empatía alguna entre propios y extraños .



1983, cero puntos.Últimos, pero empatados con Turquía. España no ganaba ni a ser la peor.


La vida nos enseña que el sentido del viaje está en la ruta, no en el destino. Nos permite aprender a disfrutar de la calma del trayecto y también a relativizar los golpes que nos zarandean sin piedad. Esos que nos hacen sentir insignificantes en medio de una sinrazón tan inmensa como devastadora. Vivir tiene la desconcertante capacidad de poder endulzar las penas y amargar las dichas. Nos lleva de la mano a su antojo, como la marea hace con  todos. Así vamos, de aquí para allá, con la mirada perdida pero con los ojos clavados en el horizonte. Intentando descifrar lo que nos deparará ese renglón inalcanzable e infinito que nos supera una y otra vez. Cuánto miedo es capaz de infundir tanta indefensión; cuánta duda y cuánta angustia derramadas por  la consciencia de aventurarnos hacia lo desconocido. Supongo que ese es el peaje a pagar.

Y ahí en medio estás, Carlos. Afrontando estos días cargados de pena. Buscando las respuestas a estas preguntas, tan inesperadas como lacerantes, que plantea el paso del tiempo. Son unas interrogantes bañadas en sal que azuzan las heridas y curten el pellejo que nos viste, tal y como el salitre de la mar marcó a los pescadores del barrio donde creciste. 

Todos estos años surcando entre redes a remendar, ventanas de madera y cajas descargadas en la Rula mientras veías como las drogas se cebaban en la humildad,  te convirtieron en un chico de la calle, avispado y despierto, confiado en sí mismo,  con las ideas claras y dispuesto a alcanzar sus metas por exigentes que sean. Y vamos si lo has hecho. Eso lo sabemos todos, tú el primero. Habrá quien no advierta las cicatrices que te han ido adornando por el camino. Tal vez las lleves por dentro, pero yo no puedo evitar pensar que cada arruga colgada de tus ojos es la contestación a cada envite que la vida te ha lanzado. Que contra cada puñalada del destino, contra cada golpe encajado, has logrado cincelar una nueva sonrisa en tu rostro. Esos arañazos son medallas que lucen orgullosas, como telas rasgadas al viento, cargadas de vida y esperanza, rompiendo desafiantes estos días grises.


Sin embargo; creo que tu mayor victoria no la alcanzaste en la calle. Tu mayor logro es haber compartido una mesa a reventar desde la niñez, aprendiendo a crecer entre unas paredes templadas al calor del ejemplo de una mujer que te ha convertido en la persona que eres.Y déjame decirte que eres una persona estupenda que vive con pasión y que la comparte con los que le rodean como comparte un niño su juguete favorito con su mejor amigo. 

Eso no se aprende en la escuela, tampoco en el barrio. Eso se enseña en casa. 

Qué afortunado eres y qué afortunados nos haces, Carlos.

Todo lo que nos acompañó en la infancia y nos ha criado no nos abandonará nunca. Cada ser que nos ha querido late en cada una de nuestras palabras y en cada uno de nuestros gestos. Mantenemos su presencia a nuestro alrededor y comprendemos, con el paso de los años, que todo el amor que se nos ha dado es un testigo que, al igual que hemos recibido, debemos pasar.

Y yo nunca te he visto hacer otra cosa que no sea eso.


Martina y tú.


Si eres una de las mejores personas que conozco es porque has tenido una magnífica maestra a la que no dejas de honrar ni un solo día. Para mí eso es tan evidente como que la verdadera muerte es el olvido, que es un orgullo ser amigo tuyo y que junto a tu Meana siempre irá tu Pérez. Somos unos privilegiados por saberlo.

Un abrazo, Carlos

Te queremos.





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