viernes, 14 de junio de 2013

La Exposición

Anaranjada, lisa y bastante ahuevada. Una más entre las miles que ya habían sufrido el peaje a pagar por el disfrute de un chaval en la calle; así era mi pelota de baloncesto.

Compañera fiel durante las incontables horas en las que sembré, estérilmente, mi afición al baloncesto entre unas líneas imperceptibles sobre el asfalto irregular de unas viejas canastas del centro de Avilés. Aquellos desnutridos tableros de madera estaban dispuestos en una explanada lindante a un edificio que había dejado de ser moderno y útil hacía demasiado tiempo.


Aparentemente no queda nada de todo aquello, pero las excavadoras no nos pueden arrancar los recuerdos.


Un buen día derrumbaron aquella nave levantada a base de ladrillo desnudo y uralita podrida. Apenas nadie la recuerda; sin embargo, para mi, aquella construcción fue y es una metáfora perfecta del devenir de mi pueblo. En un comienzo, se alzó orgullosa y abierta a todos pero se acabó convirtiendo en un refugio donde se escondían yonkis y borrachos. De ser un escaparate público, pasó a ser un recipiente de miserias y así la conocí yo.

Más de una vez tuve que evitar jeringuillas, tiradas por el suelo entre charcos de orín, tratando de alcanzar mi vieja bola tras uno de mis habituales tiros fallidos a canasta.

La primera vez que vi a alguien meterse un pico fue allí, en medio del parking de aquella explanada, de pie, entre dos coches. Aquel yonki delincuente se hacia llamar "El Rivas". Era popularmente conocido por recaudar exitosamente fondos para su causa entre la juventud avilesina gracias a un equilibrado método, mezcla de dosis de puño cerrado y navaja en ristre.

El mirador de la vena y la aguja.


Tenía una novia preciosa; yo la recuerdo casi adolescente, con un pelo arrubiado interminable y liso, cara dulce pero gesto cansado. Aquella chica siempre iba un par de metros por detrás del Rivas; este parecía preferir tener a su lado la compañía de una cazadora vaquera colgada del hombro mientras paseaba orgulloso sus eternas gafas de sol.

La mañana en la que el Rivas apareció muerto, un amigo mío, que era donante habitual a su causa, me confesó que subió a casa, abrió una botella y brindó toda la familia.

Cuando la chica falleció nadie me hizo el mínimo comentario y yo continué yendo a jugar a baloncesto solo.




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