sábado, 1 de febrero de 2014

JAMÁS.

El filo de un cristal traicionero, agazapado entre el tacto tranquilo de una cuartilla desvirgada con tinta y el salado escozor de no poder llorar más. Así es el calendario en el día de hoy.

Ha bastado un simple vistazo a la pared para que la cabeza me haya zarandeado entero, como el volantazo que anuncia la inminencia del choque,  poniéndome ante un montón de recuerdos como se pone un condenado ante un pelotón de fusilamiento. Me encuentro desorientado, ahogado por el ruido de un montón de notas aceleradas, perdido en medio de un desfile de caras borrosas y con el amargor de una cerveza caliente deslizándose por la garganta. El aire se espesa con un montón de redobles frustrados,  risas agolpadas y los putos ecos de demasiadas discusiones sin zanjar.

Y es que justamente hoy, precisamente ahora, han pasado once años. Once putos años ya, joder. Ni me lo puedo, ni me lo quiero creer.

Aún recuerdo cuando lucías una cresta tan orgullosa como tú, con tu pose erguida y distante. Precisamente, la primera vez que me retiraste la palabra fue por la dichosa gracia de turno que te dije al verte un día sin ella. Desde entonces, siempre me decías que yo era un bocachancla. Y, qué cojones, ni a ti te faltaba razón, ni yo dejé de darte motivos nunca.

Pasaron unos cuantos meses de miradas esquivas por caminos separados que, dada la angostura de nuestro pueblo, no tardaron en enderezarse para cruzarse de nuevo, aparentemente sin rencores. Nos volvieron a juntar los 19 insultos grabados en un cd que yo, confiadamente, te ofrecí sobre la barra del antro donde pasabas tus tardes libres jugando al billar sacando pecho.

Sencillamente me acerqué y, tal como era de esperar, no diste ni un paso hacia mí. A orgullo no te ganaba nadie. Sin embargo, desde aquella tarde,  nada más salir por la puerta, comenzaron unos años muy intensos, de los mejores de mi vida sin duda alguna.

¿Sabes? Creo que nunca te he dado las gracias. Lo hago hoy. De hecho, continúo viviendo en cierta forma agarrado a la memoria de aquella época a la que estás indefectiblemente unido. He dicho muchas veces que los recuerdos son la herencia de mi vida y no los quiero perder jamás, como tampoco te quiero perder a ti.

Fueron muchas horas de ruido en aquel local al lado de la Ría, muchas litronas de Mahou desparramadas como una partida de bolos. Muchos porros y lo que no son porros. Kilómetros, curvas y rectas amontonados en un coche destartalado mientras escuchábamos historias para no dormir propias y ajenas. Amplis, guitarras y discos arriba y abajo. Estados de ánimo dosificados y puestos en paralelo sobre mesas sucias; sudor; olor a rancio; ropa empapada; saludos agradecidos; brindis de whisky; siestas en el suelo y noches por el techo. Mucha gente; mucho sol, demasiada lluvia; mandíbulas desencajadas y frases regaladas como cuchillas para un suicida.

Me quedo con todo. Me quiero quedar con todo, con lo bueno y con lo malo, con tus risas entre la tos nerviosa y tu voluntad de poner de nuevo distancia entre nosotros. Porque la vida es así, renunciar a una parte es renunciar a toda ella, y yo ya te he dicho que no estoy dispuesto ni a renunciar a ti, ni a tu recuerdo.

Uno de febrero de 2016.  Hoy hace ya once años que te fuiste dejando una puerta abierta por la que no deja de entrar un frío del que no logran abrigarme, ni la costumbre, ni el haber comprendido, al fin, que esa puerta no se cerrará.

Jamás.


Viktor, no te olvidamos.














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