domingo, 21 de julio de 2024

Ni héroes ni mártires

Hoy cumplo 18 años de vegetariano. 

Siempre que llega el 21 de julio suelo atreverme a recordarlo y a animar, a quien pudiera estar interesado en dar el paso, a que lo de. Con este párrafo doy por respetada esta pequeña tradición mía; sin embargo, este año, y pese a lo contradictorio del asunto (no en vano alguien dijo que nuestras contradicciones nos hacían humanos) me apetece más señalar otras cuestiones que me llevan rondando la cabeza una buena temporada. 


Puede que sea la edad y el sentirme cada vez más comodo en esa zona de seguridad que es el descreimiento que la acompaña, pero el caso es que, si de algo estoy seguro, es que no estoy seguro de apenas nada.


Pasan los años y en mi vida todo se relativiza; no hay respuestas sencillas e inmutables para casi nada. Cada vez aprecio más los matices en la escala de grises en esto de vivir y siento cómo he pasado de querer cambiar el mundo a intentar que este no me cambie a mí en la medida de lo posible. No es cuestión baladí esta.


 Llegados a este punto ¿cómo voy a tener la desfachatez de intentar convencer a nadie de nada? ¿Cómo voy a pretender cambiar a nadie su forma de vivir su vida? ¿Tan seguro estoy de que mi verdad es "la verdad" y que mi respuesta es la correcta? ¿Dónde estaba yo hace 18 años y dónde estaré en otros tantos más?. ¿Quiero volver a tirar el tabaco por la ventana a mi padre, con él delante, como hice de adolescente porque fumar es malo para la salud?. ¿Quiero volver a hacer boicot a la coca-cola, porque era una bebida imperialista yankee, y obligar a mis padres a comprar la puta Casera-Cola de los cojones?. A mí no me joder.


Tengo 50 años y no quiero convencer a nadie de casi nada porque dentro de mí cada vez hay menos verdades irrefutables. La pasión que me despertaban los grandes ideales que guiaron mi juventud se ha ido apagando y, ahora mismo, la mayor parte de mis fuerzas, escasas por la fatiga del paso y el peso del tiempo, se centran más en bajar de Las Musas al Teatro y en vivir la pelea barriobajera, hortera y cansina, que todos tenemos con ese muro que es el día a día. 


No me hagáis mucho caso. Puede que sea el no haberme tomado aún un café, la crisis de la mediana edad o este martillo castellano que es el calor de Madrid a mediados de julio, pero el caso es que hoy no estoy por la labor de levantar ninguna pancarta, pretender lucir una suerte de superioridad moral, o hacer proselitismo sobre la liberación animal, el medio ambiente o el sistema capitalista. 


Comed lo que creáis conveniente, pero si tenéis dudas, no tengáis miedo en preguntar y probar, primero por vosotros mismos, y después ya vais viendo cómo va encajando ese proceso en vuestras vidas. En mi opinión, merece la pena planteárselo y lanzarse a ello con naturalidad, sin grandes agobios ni grandes penitencias. Ni héroes ni mártires.


Para ir finalizando ya, y de la mano del descreimiento anteriormente citado, va una última confesión: me importa más cómo eres que cómo piensas; me importa más cómo tratas a los camareros que te sirven en el restaurante que la comida que te has pedido; valoro más cómo eres con el dinero, cuando lo pides y cuando te lo piden, que tus posicionamientos sobre la nacionalización de la banca, el laissez faire y la deforestación amazónica por la plantación industrial de soja. En fin, no sé si me explico, a estas alturas de la vida prefiero las personas a los discursos.


Hablando de discursos, doy por finalizado el mío, no sin antes confesar que, para celebrar la efeméride, he invitado a comer carne a mi hija y a mi madre. Esto os parecerá una contradicción más, pero yo creo que es justo lo contrario. Espero que me entendáis.






domingo, 30 de junio de 2024

PIENSO PARA PERROS

Domingo a mediodía. Ropa limpia planchada e incómoda, repeinados pluscuamperfectos; estado de revista en el pasillo de casa. Nos preparamos para visitar a algún familiar en el pueblo de al lado. 

Vamos en el 124 granate cargado de caladas de Winston y colonia a granel. Mi padre conduce mientras mi madre no deja de hablar escondida tras unas gafas de sol enormes y un bolso apoyado en el regazo. Detrás, mi hermano y yo, como dos pimpollos almidonados, miramos embobados por la ventana durante todo el trayecto de fábricas y prados que hay entre lo urbano y lo rural.

Al llegar a la casa de la tía de turno -que habitualmente nos recibe en bata-, el protocolo de rigor: saludos y besos en la puerta, vino tinto en la mesa y algo de picar junto a un cenicero repleto de colillas.

Mientras los adultos se quedan en la cocina hablando a voces, picando embutido y queso, los pequeños estamos en el salón viendo la Televisión atiborrándonos de patatas fritas y cortezas de cerdo.

De todas aquellas visitas de domingo guardo varios recuerdos: pasar frío; el sofá de sky donde se nos quedaba pegada la piel; un mueble enorme, con libros de adorno, y una mesa redonda con visillo y florero en el centro; las ventanas con vistas al descampado omnipresente que, dando igual dónde fuéramos, siempre rodeaba toda nuestra infancia; una alfombra marrón sobre el suelo de gres y, en las paredes, cuadros barrocos de imitación, que me daban muy mal rollo pero me acabaron fascinando. Eran tétricos y retorcidos, con tormentas y hundimientos de barcos, naturalezas muertas o escenas de caza como la del "Ciervo perseguido por una jauría de perros" de Paul de Vos. 

Es precisamente esta obra la que hace las veces de portada en el Lp de debut de BAZKA , la banda "heredera" de Estricalla. Lo estoy escuchando ahora mismo y no sabría cómo describíroslo, así que no lo voy a hacer. Me limitaré a decir que solo tendría buenas palabras y que lo estoy disfrutando con la misma sonrisa que me provoca recordar parte de mi infancia al ver a unos perros devorando un ciervo.

Espero que me entendáis.

viernes, 24 de junio de 2022

Gol de Señor.

A finales de Junio de 1984 yo tenía 10 años y terminaba 4° de EGB. De por entonces tengo dos recuerdos muy vivos, el primero, que en Diciembre (del 83) España le ganaba 12-1 a Malta, y el segundo, que al acabar el curso, sería de hecho por estas fechas, me dieron un Diploma por buen estudiante. Es más, creo recordar el momento justo en el que nos tomaron la foto a los alumnos de 4°C. Han pasado ya 38 años de aquello y supongo que son cosas que me acompañarán mientras viva.



Hoy arrancan las vacaciones de verano de Martina. Está en el mismo momento que yo en junio del 84, recibiendo al verano con el abrazo abierto de una niñez que se apura con la caricia de los diez años.

Yo, que la observo desde el vértigo de la paternidad, me pregunto si habrá en su futuro algo de estos días, algún recuerdo, algún detalle, cuando sea ella la que esté en mi lugar. Ojalá sea así y sonría como lo estoy haciendo yo ahora mismo.


Feliz verano a todo el mundo. Gol de Señor.



sábado, 28 de mayo de 2022

Uno de agosto de 2021.

Voy en un bus camino de Salamanca. Es de esos que cortan la realidad de España como un bisturí y te dejan ver sus entrañas a base de ir haciendo paradas en multitud de pequeños pueblos por los que nunca antes habías pasado. Hoy es domingo, y para más inri, uno de agosto. Tal vez esa sea la causa de que apenas nadie se haya subido al autobús durante su larga e insufrible ruta. Al contrario, nos hemos limitado a ir repartiendo gente desde Madrid como un cartero hace con su faena. 

En estas casi tres horas de viaje tengo sensaciones contrapuestas. Por un lado, la meseta a esta hora -son apenas las diez de la mañana- luce un aspecto atemporal. Un sol que promete justicia sobre persianas echadas y cientos de puertas cerradas como declaración de intenciones. Las casas selladas se parapetan encaladas para que no entren en ellas la luz, el calor y esa soledad que se respira por las calles. En ellas tan solo se puede ver, de vez en cuando, el desfile pausado de la tercera edad uniformada de gorra, bastón, y camisa de manga corta metida por un pantalón de tela que llega hasta la mitad del abdomen. Todo parece predispuesto para que no pase el tiempo. Esta tierra es una tela de araña para las horas y los calendarios. 

Es entonces cuando, en medio de esta trampa de melancolía y silencio, los viajeros que van quedando por Espinosa de los Caballeros, Labajos o Madrigal de las Altas Torres, se me antojan mucho más que simples compañeros de vehículo. En la recta quietud de nuestra historia, hacen las veces de embajadores de un mundo que va cada vez más deprisa, que gira sobre sí mismo reinventándose una y otra vez. Hablo de la pareja de novias cogidas de la mano y colgadas de sus veintipocos años que iban a mi lado; hablo de la transexual -que era incluso aún más joven que aquellas- cincelada en una delgadez tallada de puro nervio que fuma un cigarrillo armándose de paciencia con un gesto tan fuerte como sufrido; hablo de las tres mujeres africanas, preciosas en la alegría de sus vestidos vivos, que iluminan con el espectáculo de sus enormes caderas, sus moños trenzados y sus tres pares de pendientes dorados, el apeadero de un pueblo que aún no ha reparado en su presencia. Todas ellas son la personificación del orgullo, la confianza y el desafío; del descaro, los nervios y la esperanza de lo nuevo. Para mí, encarnan la transformación de esta España tan ensimismada en la siega de la era, la cal de las paredes y el silencio en las calles; tan encastillada y tan presa de sí misma y de las penas de sus fantasmas.

El autobús continúa su ruta y llega a Salamanca casi vacío, apenas estamos un par de personas más y yo. Me bajo y me voy a buscar a mi hija; vamos a pasar todo el mes juntos. Mientras camino a su encuentro, me invade una alegría como pocas, y no puedo dejar de pensar en lo necesarios que son agostos así, en mi vida, y en la de tantas otras personas más.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

El 22 de diciembre.

Para casi todos nosotros, de críos, las vacaciones de Navidad comenzaban tal día como hoy, con el sorteo de la lotería puesto en la televisión de casa. En la actualidad, en nuestra vida supuestamente adulta, uno no sabe bien cuándo arrancan a tenor de la cada vez más pronta aparición del alumbrado colgado por las calles, las campañas publicitarias por todos lados y hasta esa excusa lamentable para hacer el ridículo que son las cenas de empresa. La puta Navidad. 

Qué quieres que te diga, entiendo perfectamente que estas fechas resulten difíciles de llevar, hay muchos excesos y demasiados compromisos para tan pocas fuerzas. El peso del tiempo agota. Y mientras, la vida va repartiendo por el camino tantas bofetadas de padre y puñaladas traperas que uno no sabe bien si esforzarse en aprender o en aprender a resignarse.

Sin embargo, pese a todo, como ya habrás imaginado, te escribo para desearte unas felices fiestas. Ya sabes que a mí me sigue gustando la Navidad; esta no deja de ser una vuelta a la niñez y la mía fue feliz. Cómo no querer volver a ella por un rato. 

Rilke dijo en un poema -que por supuesto no he leído en mi vida, ni falta que me hace- que nuestra verdadera patria es la infancia. Regresar a ella desde el exilio en la vida adulta creo que es un ejercicio tan necesario como deseable. Hoy más que nunca. Se lo debemos a nuestros mayores y los más pequeños, pero también nos lo debemos a nosotros mismos. Sobre todo en unas Navidades como estas, envueltas en tantas ausencias y miedos de tiempo de pandemia. Celebrarlas no nos será fácil, pero pocas veces ha sido tan necesario el lujo, no ya de recordar, sino de ejercer la infancia para poder celebrar la vida. Una vida que sigue, y que seguirá, como el recuerdo de los que parece que se fueron pero están aún con nosotros.

Lo creo de corazón y por eso te escribo. Porque me acuerdo de ti y porque te quiero mandar un abrazo muy fuerte con este mensaje: Feliz Navidad, joder.


miércoles, 25 de agosto de 2021

EL REGALO.

Lo que no puedo recordar es el año exacto, pero debían ser los primeros días de un junio de mediados de los ochenta. Eran tiempos de la EGB, el curso estaba apunto de acabar, y mis amigos y yo al salir de clase pasábamos aquella tarde radiante jugando al futbol en el patio del colegio. Yo estaba de portero porque mis reflejos no eran tan nulos como mi habilidad con el balón. Siempre fui un paquete, la verdad. 

Seguramente fuese viernes, el fin de semana se nos presentaba inmaculado, pero para todos nosotros el tiempo no existía. El mundo se reducía a aquella cancha y aquel partido. Eramos niños siendo niños. No había problemas ni preocupaciones, todo se limitaba a las filigranas de las patadas al aire con las que adornábamos nuestra niñez intentando alcanzar la quimera de marcar gol.

Nunca se me olvidará cuando a lo lejos vi la silueta de un adulto venir hacia nosotros. Era mi padre. Que estuviera allí era rarísimo, una sorpresa, y yo, como el crío que era, en ningún momento sentí la posibilidad de que algo malo hubiera pasado. En eso consiste la infancia, en no conocer las prisas ni los problemas; en pasar los días corriendo tras una pelota blanca y en alegrarte al ver a tus padres. Poco más. 

A mí me invadió una alegría tan grande que salí disparado a recibirle sin avisar a mis compañeros de que dejaba la portería vacía. De hecho, creo que el equipo contrario marcó o eso me pareció sentir a mis espaldas. Me daba igual.

-¡Papá, Papá! ¿Qué haces aquí?- pregunté tan sudado como feliz abrazándole.
-Venga, Arcadín; recoge que nos vamos a casa. ¡Mañana salimos de vacaciones a Benidorm!- contestó sonriendo. 

Pocas veces me he puesto tan contento en mi vida. Joder, que ni había acabado el curso. De inmediato recogí, me despedí fugazmente de mis amigos y de su mano fui hasta el 124 granate que teníamos por coche. Aquella sensación de felicidad fue tan grande que el tiempo no la ha traspapelado en mi memoria por mucho que me pesen estos 47 años -que tanto lo hacen- sobre todo en días como hoy. 

Ayer enterramos a mi padre. Falleció hace dos días, el 21 de agosto, en el Hospital de San Agustín de Avilés. Murió en calma, acompañado de mi madre, mi hermano y yo mismo, mientras le cogía de aquella mano a la que me aferré de niño, preso de la alegría por comenzar unas vacaciones de verano. 

Hoy es un día triste pero bello a la vez. La pena de la despedida; la belleza de la vida compartida.

Gracias, Papá, por el regalo de ser tu hijo.

sábado, 31 de julio de 2021

Una tormenta de verano.

Se entrevé la cornisa vecina al fondo del patio de luces. Se rompe por los mismos destellos que toman al asalto las paredes de mi dormitorio. Todo se pinta de blanco por un instante, todo se deforma y se desploma. Por los rincones de la habitación retumba esta tormenta de verano que no deja de tropezar. Se cuelgan de las cortinas las despedidas desordenadas de la brisa fresca y de nuevo llega el silencio a esta madrugada de lunes.

En una noche de julio todo es intenso y breve, la huella de la lluvia por las terrazas, el estruendo por los portales, la tregua del calor y esas sonrisas fugaces que adornan los amores de verano. Esos que todos viven pero algunos aún recordamos.

domingo, 18 de julio de 2021

156

Pasa el 156 ignorando la gente en la parada. Los bares de Doctor Esquerdo se echan a la calle copando de mesas y sillas la acera, charlas y cenas, ginebra, tónica, cigarrillos. Manos al alza, un camarero que se hace el despistado. Se ata los cordones como el avestruz entierra la cabeza. Tras él, una rata zigzaguea por la terraza atestada y se cuela en una brecha abierta en el macetero de hormigón. Nadie repara en ella salvo yo.

Continúo andando. Llego a un cruce, el semáforo está en rojo. Lo desprecio y le ignoro como el 156 a su parada, como el camarero a sus clientes y estos a la rata; como la paz a esta noche de Julio que se ha tomado muy en serio a sí misma. 

Qué ejercicio tan orgullosamente inútil como infantil es negar el saludo; qué simpleza tan grande yace en el egoísmo de mentirse a sí mismo para poder mentir a los demás, ninguneando al calor, el mal olor y el dolor de saber que este verano ha dejado de ser, desde hoy, un verano cualquiera.

"Puñal" era el título de uno de tus libros, esos que autoeditabas y vendías machacándote  las calles, terrazas y viandantes del centro de Madrid. Como la diagonal roja que cruza el pecho de la camiseta de tu amado River Plate, hoy ese puñal nos atraviesa el corazón que hay debajo de ella. 


Descansa en paz, Juan. Descansa en paz, amigo. Te seguiré viendo por las esquinas  de Salitre, Ave María y La Fe; por Ventura de La Vega, Tirso de Molina y Huertas; entre las barras de la albiceleste,  los goles de River y el partido a partido de ese Aleti que tanto llegaste a querer.

Hoy es un perfecto día de mierda. Pero los amigos estamos aquí para eso, para serlo pese a las cagadas como esta, para acompañarte en el recuerdo que nos dejas a mí, y a muchos, en este puto hasta luego tan a contrapié, tan traicionero y tan miserable que nos ha desvelado en esta madrugada de sábado desde Alfar, en Mar del Plata.

Buen viaje, Juan.

Chau.



lunes, 12 de julio de 2021

Entre coche y andén.

Yendo a coger el metro, me crucé con una mujer. Me pareció muy atractiva. 

Cercana a la treintena. Pelo moreno, liso y suelto que le llegaba por los hombros. Cazadora vaquera abierta y una camiseta blanca muy fina. Pantalones negros, no recuerdo si también eran vaqueros.

Caminaba rápido pero de un modo tan seguro como elegante que me atrajo de inmediato.

Obviamente, tras pasar a mi lado, no pude evitar darme la vuelta para mirarla.

Ella también se volvió.

lunes, 19 de abril de 2021

SOBRE TODO.

Esta es una de esas primeras tardes alargadas de abril. Cielo azul moteado en blanco, aire fresco que viene y va, y cierta sensación de calor intermitente. El sol empieza a caer fuerte, la primavera llama a la puerta; se abren las ventanas y buscamos escotes entre la ropa del armario. Las aceras se llenan de gafas de sol y mangas cortas, y las mascarillas, al quitarse, descubren sonrisas y ganas de vivir por las terrazas, los paseos y las calles. 

Ahora mismo no sé bien dónde estoy. Voy en tren, camino a Madrid de vuelta de Salamanca. Me da que estoy cruzando la sierra a la altura de Segovia. Veo matorrales rompiendo las cimas redondeadas que dibujan un horizonte aún optimistamente verde. Ya vendrá el tiempo pardo de la calima y las cigarras. Como hoy no es un buen día, he de decir que el vagón va medio vacío. Si, en vez de haber dejado a Martina con su madre, estuviese escribiendo con ella al lado comenzando nuestras vacaciones juntos, seguramente el vagón estaría medio lleno. La cosa es que una vez más cruzo la meseta con el asiento contiguo vacío y la mirada perdida en el móvil. Ya van casi siete años de paréntesis, viajes y ráfagas quincenales de amor-odio paterno filial, y he de reconocer que uno no se acaba de acostumbrar a este régimen de visitas. Un régimen es un régimen -sea de lo que sea- y va inexorablemente de la mano de lo áspero de admitir el mal menor, esa tarjeta de presentación de la vida real en un mundo imperfecto e injusto que va muy en serio. 

Esta prórroga vespertina de luz ganada al reloj se alarga un poquito más mientras continúo golpeando la pantalla del teléfono como si fuese a encontrar una solución a mis penas de viajero y padre a tiempo parcial. El tren se para, estoy en el Escorial. Creo que estaba en lo cierto cuando comenté que podría estar cruzando Segovia hace un rato. Quién sabe, tal vez también esté en lo cierto al caer en la cuenta de que, tras estos golpes al teclado, no está ninguna solución a ningún problema, pero sí cierto alivio que ayude a llevar la pena de saber que, al final de esta tarde, me espera una cama vacía y una casa desordenada, con juguetes y dibujos por el suelo, ecos de una niña que apura las últimas tardes de su infancia, mientras su aprendiz de padre continúa improvisando, intentando mantener la compostura hasta en las despedidas. Sobre todo en estas primeras tardes de primavera.

jueves, 8 de abril de 2021

NECEDAD METAFÍSICA

Avilés, a raíz de la la industrialización abordada por el régimen franquista desde la mitad de la década de los 50, ha sido una de las ciudades más contaminadas de España. Lo fue durante muchos años. Seguramente mi generación haya sido la última que creció al amparo de aquellas chimeneas tan grandes que nunca paraban y, a la vez, la primera que tuvo que empezar a plantearse mayoritariamente salir del pueblo a buscarse la vida tras acabar de estudiar. El país industrial comenzaba a generar a mansalva leyendas urbanas migrantes.


Estar enfermo de niño en los 80 significaba ir al Ambulatorio de Llanoponte y ver la ría así.  


El caso es que creo que la mayoría de los que allí crecimos tuvimos una infancia feliz y una adolescencia efervescente. Por mi parte quiero añadir que el paso a la madurez fue algo desilusionante y tedioso. Seguramente siempre haya sido así, en todo tiempo y lugar, pero el caso es que comencé a desarrollar una relación de amor odio con la ciudad que me vio nacer y crecer.

Exactamente lo mismo me ocurrió con Pablo. Tras la barra del Culebro, con su constante mal humor, sus quejas rotas por unas risotadas envueltas en nicotina y unas eternas gafas de pasta, este chico desprendía un carisma personal imbatible. Era insoportablemente magnético. Apenas tenía un año más que yo, pero me sacaba varias vidas de ventaja. Para los que no lo sepáis " El Culebro" era uno de los pilares del Avilés más oscuro. Un bar entre una residencia de monjes franciscanos, un restaurante de menú del día y un histórico prostíbulo en la zona portuaria del casco antiguo de la villa. Esta localización, sobre todo en los años 80, era sinónimo de cierta decandencia, carácter forjado y esa extraña belleza que brota de las magulladuras. Desde la apertura del bar toda clase de lumpen, inadaptados y gente a contrapelo, se daba cita en aquel tugurio que para muchos quinceañeros fue el balcón al que asomarnos a las drogas, el hardcore, el grind, el rap, el mundo del skate, la contracultura y el underground más duro en general. Imposible resistirse. Todo fue gracias a Pablo, sobre todo cuando se puso al frente de aquel negocio que hasta entonces llevaban sus padres. Esto debió ser a  finales de los 80 si no me falla la memoria.

El Local y su gestor.


Fueron muchas noches, algunos conciertos y multitud de gente diferente, lo que hizo de aquel lugar uno de los espacios más sui géneris, no solo de Aviles sino de toda Asturias, regentado por un chico de rictus serio y -la mayor de las veces- con la cabeza rapada, dejando ver unas cicatrices enormes que se paseaban por el cráneo como un aviso a navegantes. En el Culebro descubrí muchas cosas, mucha gente, y seres a medio camino entre ambos términos. Escuché música nueva a todo volumen, me hablaron de arte, de literatura y de aberraciones políticas y politoxicòmanas de todo tipo. Entre muchas de las cuestiones que Pablo nos mostró, porque quiero hablar no solo por mí, fueron los fanzines.  Recuerdo algún número de uno llamado "Hostias en el bar", hará cosa de 30 años, colgado en la columna que había en medio del local. Desde entonces, y en todo este tiempo, el nombre y temática de los proyectos en los que Pablo se embarcó ha variado mucho, pero el caso es que gracias a esta querencia por el corta y pega fotocopiado durante tantas décadas, ha ido demostrando que es un artista con un gusto, una clase, una sensibilidad  y un saber hacer digno de la mayor de mis admiraciones. Y si la forma es impecable el fondo es fundamental: Pablo es Avilés.

Líneas más arriba os decía que mi relación con él, como con nuestro pueblo (tan natural como las gotas de lluvia estrellándose al caer contra el suelo) es de amor odio. Hemos discutido y reído, hablado más y menos bien a lo largo de todos estos años de tiempos difíciles en lo laboral y épocas de paciencia escasa por nuestras vidas personales. Hemos disfrutado la fiesta y sufrido la resaca. El caso es que, cuando estamos ya más cerca de los 50 que de los 45, las cosas que nos importan son las verdaderamente importantes: saberse compañeros. Compartir un viaje vital, a lo largo de tantos años, y con tanta gente, coordenadas y circunstancias en común, es algo muy valioso. 

Por eso cada vez que voy a Avilés me siento más cómodo, porque aunque ya no viva allí y los tiempos de adolescente ya no volverán jamás, sé que forma parte de mí y que yo soy como soy por haberme criado en sus calles. A día de hoy soy capaz de ver lo bello que tiene y hablar de él hasta con orgullo. Precisamente con ese orgullo quiero  anunciar que, en uno de los proyectos más ilusionantes e importantes de mi vida en los últimos 20 años (decidirme a editar impresas algunas de las cosas que escribo por estos lares), Pablo ha querido tomar parte co-editando, a través de su sello La Internacional Fanzinista, dicha publicación que se llamará "El valor del necio". Además, y por si fuera poco, este fanzine tendrá varios collages suyos en las ilustraciones que acompañan a los textos elegidos. Obviamente, estoy muy emocionado y no puedo estar más orgulloso. Para mí es un auténtico honor.


La memoria es una pared que se viste con jirones.



Pablo, te agradezco mucho tu trabajo, tu interés, tu confianza y tu arte. Muchas gracias, amigo, por hacer nuestro pueblo algo mejor.


Avilés

miércoles, 3 de febrero de 2021

Entre lamentos

La brea del asfalto supura el calor del día como un penitente suspira al aliviar su carga. El aire está muy cargado. La acera luce el manto ocre a medio zurcir de las primeras hojas rendidas al ocaso del verano. Voy Castellana abajo. Desde Plaza de Castilla apenas me cruzo con unas pocas sombras por la calle. Caminan deprisa, creo que de la mano de alguna carcajada no muy convencida. Pasan a mi lado, pero ni me inmuto. Llevo ya un buen rato ensimismado, puede que horas. Se me había olvidado el inmenso placer de un paseo por Madrid y me agarro a él como un naufrago a un salvavidas. La noche me sorprende por Cuzco. Camino con los brazos escondidos en la espalda en una postura que comparto con mi hermano pero que no tengo muy claro de qué parte de la familia sacamos. Escucho mis pisadas. Apenas hay tráfico por la deserción urbanita en masa. Pero por poco tiempo. Hoy es la última noche de agosto. Mañana mismo las aceras se atiborrarán de administrativos somnolientos yendo a cualquier oficina de las que se aúpan en los rascacielos que me rodean.

Alcanzo Nuevos Ministerios. Saludo a Largo Caballero y a Indalecio Prieto; al fondo, El Corte Inglés. Disfruto de cada paso, de cada detalle de una ciudad que tenía abandonada de un modo muy injusto. Setos resecos adornan los portales. Aún les asfixia este septiembre recién comenzado. Colillas por el suelo, latas y bolsas de pipas por los bordillos, contenedores llenos. Neón resquebrajado entre las esquinas. Bombillas, anuncios, carteles, escaparates y semáforos. Su brillo se esparce sobre los ventanales de esta avenida desierta. Todo me parece inmenso. Atontado, me dejo perder entre la penumbra  de mis recuerdos. Puede parecer una locura, pero no puedo evitar sentirme igual de libre como cuando, por estas mismas fechas pero con veinticinco años menos, me zambullía en el Mediterráneo, a medianoche, desnudo y a solas. La luz de la playa era escasa y apenas llegaba a la orilla del mar. Yo sonreía desde el silencio de una oscuridad casi perfecta, tan solo rasgada por los pequeños faros de las embarcaciones ancladas a mi alrededor. Era entonces cuando disfrutaba de una paz y una libertad tan grandes como el mar que me abrazaba y calmaba mis angustias adolescentes. Justo como hoy, pero a quinientos kilómetros y miles de noches de distancia, en la inmensidad de una avenida abrumadora, prendida de faroles que me guiñan, mientras paseo por la ciudad que nunca me niega el sosiego de una oportunidad más.

Llegan Gregorio Marañón, Rubén Darío y después Colón. A la izquierda, La Biblioteca Nacional; a la derecha, el Museo de Cera y un lupanar escondido en una esquina con Génova. Por Recoletos el pitido de un taxi me devuelve al aquí y al ahora. Corren por el bulevar ribetes de otoño, embajadores del retorno a la fila, el orden y el horario. Se anuncia la brisa fresca que se colará en unos días entre las cortinas y las sábanas por recuperar. Las calles atardecerán cada vez más rápido entre recuerdos, desengaños y esperanzas. Como en este paseo y como en aquella tarde de noviembre en la que llegué a Madrid, dejando Asturias atrás como quien deja un punto y aparte. 

Mis amigos me decían que esta es una ciudad cruel e insufrible, de  gente arrogante y maleducada, siempre a la carrera. Una ciudad con calles pero sin paseos. Pese a Machado, Alberti y Miguel Hernández, pese a Neruda y Benedetti, esta ciudad tiene muy mala prensa. Sin embargo, a mí me enamoró desde la primera vez que la vi. No con un amor de mujer fatal, sino con un amor de ciudad abierta, donde nadie es de fuera. Cada esquina es una ocasión, una moneda al aire. Madrid son muchos pueblos superpuestos sobre una Villa y Corte de caminos, requiebros y avenidas infinitas; de reencuentros, de casualidades; de Rastro los domingos y arrebatos de diario; de doce líneas de colores con doce números enterrados; de miradas furtivas, de taxis y de cercanías; de cañas bien tiradas sobre barras de madera y metal, puertas entornadas, y tabernas añejas de solera y casta; de Mahou, tapa y azulejos; de Huertas, Latina y Lavapiés; de Antracita, Hierro y Bronce; de Calatrava, Arniches y Curtidores. Madrid, de mil calles con mil nombres; de mucha gente perdida buscándose por las noches. Madrid, de muchedumbre y de mucha gente sola. Madrid de paseos y de recuerdos. Madrid, como la vida, promesa de alegría entre lamentos.


La última noche de agosto.





martes, 26 de enero de 2021

LAS BUENAS NOCHES

Sin pretenderlo, me quedé dormido tumbado en la cama, vestido y con el televisor encendido. Afuera, el otoño se acomoda entre la hojarasca y la lluvia. Todo rezuma resignación, todo es silencio como en una paz impuesta. Cae una noche que se presume larga, callada y fría, pero algo me despierta y me desvela. Tal vez haya sido la puñetera televisión o algún camión de la basura redoblando campanales de plástico. Quién sabe. No son ni las cuatro y media de la mañana y sé que no me dormiré.  No es la primera noche, llevo demasiadas así. Los ojos se abren y no hay nada que hacer. Es desesperante, las horas pasan como una lija vieja.

Me siento aliviado cuando, poco a poco, escucho a mis vecinos levantarse. El día arranca entre las quejas de las persianas y las bisagras mal engrasadas, las prisas por las escaleras y los saludos en el portal. Mi despertador acude a su cita diaria, pero hoy su puntualidad es innecesaria. He cedido a los reclamos de la rutina entre los bostezos y me he levantado antes de lo habitual. Corro la cortina y abro la ventana. Me besa la jornada recién estrenada. El suyo es un beso frío, de cielo despejado y tranquilo, que me invita a ir a trabajar dando un paseo en bicicleta. Acepto la invitación mientras me preparo un café. Me visto, me calzo y me santiguo -cartera, llaves, móvil-, antes de cerrar la puerta del primero veinte en el que vivo. Salgo a la calle, no hay ni tráfico ni hace demasiado frío; mis cuarenta y seis años resoplan resignados. Me aúpo y comienzo a dar golpes de riñón tratando de ignorar las quejas de mis rodillas, la falta de sueño y los kilos de más. Voy recuperando la dignidad -o al menos eso creo yo- al llegar a Madrid Río. Quedan atrás las nueve de la mañana como van quedando atrás las espaldas, las miradas, y las conversaciones de los jubilados en esta mentira de otoño añil.

Matadero, Casa del Reloj, Puente de Praga. Terrazas y columpios a mi vera. Sigo por una senda paralela a un cauce reformado, lleno presas y juncos, palomas, gaviotas y patos. Tras una recta amable, alcanzo los cien metros que hay del Puente de Toledo al de Arganzuela. Llegan sus rosales, las jardineras y ese amago de jardín francés que es uno de mis lugares favoritos de Madrid. El horizonte pierde por un instante su paréntesis de ventanales y balcones, y se ensancha, como en una sonrisa cómplice, entre la espiral metálica de un puente y la piedra labrada del otro. No puedo más que sonreir. Alargo la respiración, abro los brazos y me dejo llevar por la inercia. Es un instante de paz impagable. La realidad carraspea entre mis piñones y me zarandea. Una ligera cuesta me obliga a volver a esforzarme a los pedales. Al cabo de unos minutos, afronto el prólogo de tu barrio y, de nuevo, casi como cada día, vuelvo a recordar los brindis que me llevaron a tu portal hace ya unos cuantos meses atrás. Se vuelven a agolpar las frases, la música y las miradas por los bares antes de sentir caer mi ropa al pie de tu cama. De nuevo, creo verte a lo lejos, pero me equivoco, como he hecho en tantos otros sitios, en otras tantas veces. Siempre me equivoco contigo. Sé perfectamente que, en realidad, tan solo estás en mi ansia por no perderte, en mi querer por que estés, como está el recuerdo en una cicatriz o en todas estas noches sin dormir. Y déjame decirte desde aquí, montado en esta bicicleta blanca, que tu silencio es una puta mierda enorme que procuro llevar lo mejor posible. No sé nada de ti desde hace demasiado tiempo y las dudas mueren mal.


Vuelvo a la carretera. Es un milagro que no haya atropellado a nadie a estas alturas, la verdad. Pedaleo entre las curvas y el despecho; entre árboles adolescentes, gente y grava. Dejo atrás el Calderón, sus espejos, y la M30 haciendo de Guadiana. El Puente de Segovia, el del Rey; La Almudena y la Cuesta de San Vicente. Llego por fin a la oficina, aparco la bici blanca y cuelgo mis penas en la rutina laboral. Me recibe el despacho con papeles esparcidos, archivadores abiertos y los buenos días de mis compañeros. Es el alivio de otro día más. El ruido de fondo que me ayuda a seguir avanzando sin pensar demasiado. Apenas he comenzado la jornada y ya recibo una llamada. Son las diez y cuarto de la mañana de este octubre mediado, y tu nombre se anuncia en la pantalla como un volantazo que no presagia nada bueno. Me estallan los recuerdos, los meses y las noches en el pecho y la sien. Todo vuela en mil pedazos al pulsar ese icono verde que no para de saltar. No sé bien cómo contesté, pero por tu risa te debió gustar, tanto como a mí escucharte saludar.



Han pasado varias semanas desde que visité Valladolid. Déjame decirte algo que no te dije: desde entonces, no he vuelto a tropezar con las cuatro y media, ni con sus camiones ni con los redobles. Por eso te escribo hoy, para darte las gracias y, sobre todo, las buenas noches. 


 


martes, 29 de diciembre de 2020

Sabia

Los pulpos tienen un cerebro enorme, el mayor de todos los invertebrados, y la naturaleza, para compensar, les dio tres corazones.

Los pulpos pueden ser muy inteligentes pero la naturaleza es sabia.



miércoles, 16 de diciembre de 2020

De una puta vez

—¿Qué?, me dijiste extrañada. 

En un repentino ataque de vejez, el tren había comenzado a quejarse, y sus lamentos, rebotando contra aquella curva que le resultó insufrible, me robaron todo lo que me había atrevido a decirte. En medio de aquel chirrido, oxidado y traicionero, remendé mis discurso a trompicones y recogí algunas palabras del aire como un torpe intenta cazar mariposas. Poco pude hacer. La que había sido la frase más desesperadamente entregada y bonita que había dicho en los últimos años se perdió, para siempre, en una curva de la línea tres de metro. 

Lo único que me queda de aquel momento es el olor de tu pelo, apagado y mal recogido, y las ganas -tremendas- de besarte al sentir erizarse la delgadez de tu cuello mientras te hablaba al oído. Lo que te pude haber dicho ya no tiene la menor importancia. Aquel chirrido terminó y tú te limitaste a apartarte, abriendo los ojos como se abren las puertas con un golpe de aire. Estabas pegada a mí y, sin embargo, ya eras definitivamente inalcanzable. Seguramente siempre lo habías sido, simplemente descubrí lo que un niño descubre al intentar alcanzar su propia sombra. Bien me lo advertiste.

Mi historia es la historia de una frase hecha, de una verdad a medias. Es un casi, un pero. Y mientras sigo sin admitirlo, te continuo buscando entre la gente que espera en los andenes, entre la que pasea por la calle cogida de la mano, como el que busca una cuchilla para cortarse las venas de una vez. Aquí no hay ni casualidad ni mala suerte, tan solo ganas de vomitar que vienen y van. Como las calles entre Cibeles, El Retiro y el Prado, como aquellas luces bailando en la pared en un día de diario, y las tres cruces que te adornan y me matan desde entonces.


Apenas unas semanas atrás habías llegado a mí como llegan las tormentas de verano. A plena luz del día, desvergonzada, intensa y apasionada, con la brevedad de la que se forman los arrebatos. Esos por los que merece la pena vivir, dejarse llevar y escribir. Eso hice y eso hago. 

Podría decirte algo melodramático y barato, como que estas palabras caen con la vocación suicida que torna el agua en lluvia; o que hoy el cielo de la capital viste una inmensidad azul que uno jamás podría cansarse de admirar porque es lo más parecido a verte sonreír; que solo quiero que me escribas; que me dan igual los dos nombres que me destrozan desde el fondo de tu pantalla; que te canto en todas las canciones; que te imagino en cada esquina; que me estalla el pecho y la polla, que no quiero admitir la realidad y que quiero matarme contigo; que esta semana ha sido tan horrible como soltar tus manos hermosamente frías y sentirme caer una vez más en la fosa común que tengo en el pecho. Igual daría. Me lo dijiste desde el principio. Es el ritmo natural de las cosas, el invierno siempre llega. Y en este hace mucho frío, y recordar es una trampa que no abriga. 

En la calle ya es de noche, la gente musita, las farolas alumbran. Este es otro día más que se acaba abocado al fracaso, como abocada al fracaso está esta carta de despedida. Porque una carta que no se entrega no es más que eso, un fracaso. Como una lección olvidada, como una frase perdida en una curva entrando en Lavapiés; como esta promesa de no mentirme más y dejar de desearte de una puta vez.





domingo, 16 de agosto de 2020

SOY UN HOMBRE ENFERMO

Sergio y Marcos nos presentaron en la Calle Rivero de Avilés, hace unos 28 años, en una de aquellas noches en las que sonaban los Enemigos y Los DelTonos entre los soportales, el empedrado, las losas y las barras por las que repartíamos nuestras horas. Recuerdo aquellos días como se recuerda al mayo perfecto que es la adolescencia, con sabor a cerveza recién servida y la felicidad de asomarse a la vida sin miedo. Fue entonces, en una de aquellas tardes sin fecha, cuando apareció la sonrisa de Silvia. 

"Arcadio, a ver lo que haces, que tiene novio y es un tío de puta madre", me dijeron mis amigos. Eso escuché de fondo. Mientras, yo no podía dejar de mirar aquellos dos ojos recién descubiertos. A su lado, como siempre por entonces, estaba Ruth. Detrás de mí, mis dos amigos seguían lanzando advertencias al aire.  Me daba igual. Me fue imposible evitar paralizarme ante aquella mirada a ratos melancólica como el brillo de unas lágrimas recién vertidas, a ratos tan radiante como una ventana blanca abierta en primavera. Su pelo era moreno, liso y brillante, y caía despacio sobre dos hombros diminutos como solo caen las cosas hermosas. Su rostro era de piel pálida y gesto sereno. De su calma se colgaba una media sonrisa que me pareció la invitación más hermosa a vivir que jamás había recibido de una mujer.  Me quedé tan absorto con lo que estaba viendo, que no le hice el más mínimo caso a los dos grandes pechos que parecían adivinarse bajo su chaqueta abierta. De hecho, nunca lo hice, y no me ha vuelto a pasar en la vida.

Recuerdo los pocos paseos que dimos, el tono cercano de la complicidad al hablar, y que jamás nos besamos. Aún deben de estar por casa de mis padres las fotos que me dio de su viaje a Amsterdam. Me dejé la vista contemplándolas. Siempre tuve la sensación de que Silvia se reservaba cuestiones graves para ella. Nunca le pregunté que ocurría y mejor que fuera así. Con el tiempo descubrí que su vida estaba afrontando curvas que yo apenas hubiera comprendido. Corría el año 1992 y en su otoño comencé a estudiar la carrera de Derecho, ella la de Medicina. Con el tiempo fuimos coincidiendo menos, ella acabó la carrera y yo no.


Hace unos días, recibo un mensaje en mi móvil. Es ella. Pediatra y madre de dos hijos, vive en Madrid con ellos y el padre, aquel novio que, efectivamente, tal y como me decían Sergio y Marcos, es un tío de puta madre. Jamás le he visto, pero no guardo la más mínima duda al respecto. Es imposible que no sea así. Tras la incredulidad escrita en la pantalla y los posteriores jajajas de rigor, acordarnos vernos en persona tras 25 años sin hacerlo ."Un abrazo, ¿no?" es lo primero que dice al verme. Nos reímos y nos ponemos al día, todo lo que se puede poner uno al día tras un cuarto de siglo sin saber el uno del otro, por supuesto. Ha pasado mucho tiempo, han ocurrido muchísimas cosas, pero todo lo importante continua igual. Y es un alivio. Charlamos sin parar. Durante unas horas no me mortifico recordando a la última amante que he perdido. De fondo, el Aleti vuelve a abrazar la derrota y no me importa demasiado. 

Reencontrar a Silvia es volver a admirar la interrogante que dibujan sus ojos y embobarme con la dicción perfecta con la que habla. Milagrosamente, vuelvo a ignorar a aquellos pechos que continúan prometiendo bondades a cualquiera que repare en ellos. Cómo no hacerlo cuando estar con esta mujer es volver a contemplar su sonrisa y recordar la felicidad de asomarse a la vida sin miedo.


Gracias, Silvia.







sábado, 15 de agosto de 2020

HODEI

El vagón parece querer negarse a dejar atrás Miranda de Ebro bajo este cielo más propio de un otoño desperezándose que de un doce de agosto. Entre los claros que salpican un gris quebrado por riscos y postes, el tren se aferra a un interminable parón y a varias arrancadas infructuosas como un niño a su madre el primer día de colegio.

Este camino de Madrid se enzarza entre sus raíles y me zarandea y sacude sin tregua. Soy rehén de una inercia cortada a trompicones que parecen anunciar un trayecto incómodo y largo. Una de las últimas sacudidas me ha sorprendido repasando estos últimos siete días en Barren Plaza, entre los ecos de los brindis, las canciones, y las risas de un verano en la costa de un pueblo con mar pero sin puerto. Como era de esperar, en cuanto crucé tu puerta, no tardamos en hacer nuestro ese ejercicio ajeno de celebración, tal y como hemos hecho desde que tropezamos en el escenario de Guardaetxea hará unos quince años. Compartir contigo todo este tiempo, esta distancia en nuestras vidas, no hace más que confirmarme la existencia de cosas buenas entre mediocridades televisadas, flaquezas personales e idas y venidas a la madurez y la insensatez propia y ajena.

Hodei, muchas gracias por ofrecerme tu amistad. Muchas gracias por dejarme disfrutar de tu bondad y tu calma. Muchas gracias por dejarme ver como se te ha ido encaneciendo el pelo. Muchas gracias por dejarme admirar la pausa de tu sonrisa entre acordes distorsionados, cervezas rotas y carreteras vertidas sobre cientos de escenarios sudados. Muchas gracias por demostrarme que tienes un pecho inabarcable, con un corazón tan enorme, que es capaz de albergar a todo el mundo, e incluso a alguien como el que te escribe estas palabras de agradecimiento. Déjame decirte que creo sinceramente que nos haces mejores a todos los que tenemos la suerte de considerarnos tus amigos. Eres un éxito de persona. Somos muchos los que te queremos, pero permíteme que sea hoy yo el que te lo diga a ti y a cualquiera que se acerque a estas líneas.

Maite zaitut, lagun.

viernes, 17 de abril de 2020

NUESTRA VIDA ADULTA

Por momentos. Nada reseñable. Supongo que lo llevo como todos. Se acaba la primera quincena de este abril tan raro y se cumple un mes de confinamiento. Los días se acumulan entre noticias atropelladas, conversaciones con amigos y rutinas autoimpuestas para vencer la desidia y el desánimo domiciliarios. La llamada al orden emocional se mezcla con horas perdidas, imaginando y recordando, mientras que la resignación y la impotencia follan como dos novios tras una discusión. 

Hoy la primavera se ha dejado sentir ahí afuera. Desde los balcones y las ventanas abiertas de par en par se nos ha colado en casa a todo el vecindario. En la mía ha sido como una caricia, pero no descarto que en alguna otra haya sido como una bofetada. He tenido suerte. Por eso me he pasado la tarde animado en el salón, enzarzado en el juego de revisar fotos antiguas de viajes. Pese a lo que pueda parecer, ha sido más un ejercicio de esperanza que de masoquismo, sobre todo tras caer en la cuenta de que, en el abril de hace cuatro años, estaba con dos amigos en Sarajevo, la ciudad que sufrió el asedio más prolongado en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Aquellos fueron casi cuatro años de infierno enclaustrado remachado a base de morteros y francotiradores, lo que va desde el 5 de abril del 92 al 29 de febrero del 96. Sobre ellos hay publicado cantidad de material fotográfico (imposible no recordar a Gervasio Sánchez), mucha literatura y un buen montón de reportajes, películas y documentales que los describen perfectamente.

En nuestras fotos Sarajevo luce un rostro amable. En la actualidad es tranquila, limpia y muy accesible. Sin embargo, el peso de ser durante tantos siglos aduana de la historia hace que en sus calles se palpe una especie de silencio tenso, como el de una sala de espera. La ciudad es un eterno impasse ante el que mis amigos y yo caímos rendidos. De nuestra visita nos trajimos muchas preguntas, pocas respuestas y aún menos conclusiones.


Cuando dejamos Sarajevo nos dirigimos a Mostar, la segunda ciudad del país Esta es conocida mundialmente por el puente que le da nombre. La imagen del Stari Most (sXVI) es una de las postales más típicas y reconocibles del turismo mundial. Su voladura en 1993 ejemplificó, junto al sitio a la capital, la crudeza y la complejidad de la Guerra de Bosnia. No en vano, durante la misma, católicos y musulmanes eran aliados contra las fuerzas serbias por todo el país, sin embargo, en Mostar, no ocurría lo mismo. Allí apenas había presencia del enemigo común. Las hostilidades se desarrollaron básicamente entre ambas comunidades religiosas y estas pasaban de compartir trinchera a enfrentarse en cuestión de escasos kilómetros.
Stari Most, el puente viejo.
Católicos y musulmanes se repartieron Mostar aprovechando el paso del río Neretva. La parte oeste era de los primeros y la este de los segundos. No es de extrañar que, con el inicio de las hostilidades, el puente encargado de unir ambas orillas saltara por los aires. Con ello, la ciudad se partía literal y metafóricamente en dos. El momento exacto de la voladura se filmó y dio la vuelta al mundo. Su carga simbólica es tremenda y el dolor más grande al saber que fue deliberada. Sucedió el 9 de noviembre de 1993. 

El responsable fue Slobodan Praljak y se le acabó juzgando en La Haya por crímenes de guerra. El 29 de noviembre de 2017 se celebró el juicio que le condena definitivamente a 20 años de prisión. De pie y con el gesto tranquilo, el acusado escucha su sentencia. Solo rompe su silencio para decir estas palabras: "Honorables Jueces; Slobodan Praljak no es ningún criminal de guerra. Rechazo su veredicto con total disgusto". Acto seguido, acaba con su vida bebiendo un frasco de cianuro ante la incredulidad de todos los presentes. Estas imágenes pasarán a la posteridad como las del Stari Most. Cada vez que las veo se me pasan muchas cosas por la cabeza y me pierdo entre la admiración y el desprecio ya que no le tembló el pulso lo más mínimo a la hora de acabar con su vida y dudo que lo hiciera al tener que decidir sobre la de los demás.
Mostar, pese a que la devastación fue tremenda, está hoy en día reconstruida prácticamente en su totalidad. Una de sus principales industrias es el turismo y el Stari Most vuelve a ser su principal reclamo. De todos modos, si nos alejamos un poco de la parte vieja de la ciudad, callejeando se pueden descubrir algunas fachadas que aún mantienen a la vista el recuerdo del conflicto.
Imágenes de un derrumbe.
Sin embargo, como siempre, las verdaderas heridas son las que permanecen ocultas a los ojos de los visitantes ocasionales. El alma de la ciudad continúa rota y la convivencia de sus habitantes está muy lejos de haberse normalizado. Entre la población hay una calma tensa. El desafío es constante entre los minaretes de la parte este y la colosal cruz que, desde la oeste, domina toda la ciudad. Fueron los "acuerdos de Dayton",en Estados Unidos, los que hicieron posible el fin de la guerra. La paz se impuso literalmente a todos los contendientes, obligándoles a aceptar un matrimonio de conveniencia. Este era el menor de los males para el conjunto de la República Bosnia-Herzegovina. Desde entonces, ambas comunidades cohabitan dándose la espalda continuamente, desconfiando y recelando la una de la otra. Tal es la situación que, para las autoridades de Mostar, el mero hecho decidir el nombre de una calle, o erigir un monumento en homenaje a una figura pública, se torna una cuestión muy delicada. Cualquier decisión podría herir susceptibilidades, en función de a qué comunidad religiosa perteneciese el sujeto en cuestión, y se podría romper el inestable equilibrio existente. Así transcurrió el día a día durante primera década de paz. Sin embargo, en los meses previos a que se cumplieran esos primeros diez años, algo pareció cambiar. 

Hay quien dice que la idea surgió de un joven profesor que regentaba un gimnasio de artes marciales, pero fueron dos escritores, Veselin Gatalo y Nino Raspudic, los que encabezaron el Movimiento Social que propuso la idea de levantar en la ciudad una escultura que pusiera de acuerdo de una vez por todas al conjunto de la población. El nombre propuesto causó estupor y cierto revuelo ya que no era otro que Bruce Lee. Ciertamente, su elección como figura universal es más que discutible (de hecho, fue elegido frente a otras propuestas a priori de más peso como Gandhi o Juan Pablo II), y fue su aparente nula vinculación con la zona lo que hizo que tras dos años de negociaciones, se lograra el consenso, la financiación y los permisos para sacar adelante el proyecto. Primó en el éxito de la propuesta que el actor, al no estar enfangado en ninguna de las muchas guerras que se dieron en Bosnia, ni asumir un credo religioso específico, podría representar para cristianos y musulmanes los valores de la justicia, el orden, la tradición y el respeto, que la ciudad necesitaba para afrontar la reconciliación con buenas expectativas. 

Así fue como el sábado 26 de noviembre de 2005 se erige la primera estatua del mundo en honor a Bruce Lee para celebrar los diez años del fin de la guerra de un país del que el homenajeado jamás oyó hablar. Es más, de hecho, ese país ni existía durante su vida. La ceremonia de inauguración fue un éxito. Estuvo cubierta por prensa internacional, hubo representación institucional china y alemana y, como no podía ser de otra manera, una exhibición de Artes Marciales. Incluso se llegó a invitar a la misma a Linda Lee, pero desgraciadamente esta no pudo acudir. 

La estatua estaba esculpida en bronce, a tamaño real, y se dispuso en una posición defensiva mirando al norte. Se pretendía con ello lograr dos cuestiones. La primera, evitar cualquier sensación de amenaza al verla, y la segunda -la más importante y que refleja cómo era la convivencia en Mostar- evitar afrentas entre las distintas comunidades localizadas en la ciudad ya que orientada en esa dirección no parecería defender a ningún barrio frente al otro. Por fin, Mostar había logrado ponerse de acuerdo por encima de sus diferencias étnico-religiosas. Sin embargo, lo verdaderamente reseñable ocurrió al día siguiente. 

Domingo 27 de noviembre, día del nacimiento de Bruce Lee. En Hong Kong, lugar de su fallecimiento, se inauguraba, con aparentemente más sentido y clamor popular, otra estatua en su memoria. Lamentablemente para la organización, por horas fue la segunda de la historia y no la primera tal y como se pretendía desde un principio. Pero más lamentablemente aún, en Mostar, la primera amanecía seriamente vandalizada. Todas las buenas intenciones, el trabajo de años y el juego de equilibrios y valores que se personificaban en la figura del actor fueron atacados. El estado en que quedó era tal que hubo de ser retirada prácticamente de inmediato. No duró expuesta ni un solo día. Tuvieron que pasar varios años hasta que, por fin restaurada, pudo volver al Parque Zrinjski. Allí está desde 2013. 
Abril 2016 en Mostar
Cuando llegamos a Mostar, no nos costó encontrarla y menos aún sacarnos unas fotos con ella. Éramos los únicos que pretendían hacerlo. Lucía algo menos dorada de lo esperado, pero se mantenía a salvo de mutilaciones y agresiones indelebles varias, quién sabe si por el respeto y la madurez que dan el paso de los años o por la simple indiferencia y el desprecio que acompañan al rencor, el miedo y el resentimiento. Porque ¿qué puede hacer una simple estatua frente a todo el peso de décadas de recelos, de distintas formas de rezar y de la costumbre de culpar al otro de las desgracias que sufre uno?. ¿Cómo va a ayudar a solucionar nuestros problemas?. Hay que ser muy infantil para llegar a creer en algo así. Sin embargo, también puede ser tan solo una cuestión de tiempo. Porque, cuando nuestro mundo adulto se viene abajo, cuando no hay nadie a quien culpar y el enemigo no tiene ni credo ni idioma ni nación, es una suerte tener quien nos recuerde cómo actuar mientras nos señala el norte al que debemos mirar. Y esto ya lo dijo Rilke cuando escribió aquello de que "la verdadera patria es la infancia" y esa ni tiene religión ni idioma ni fronteras. Creo que tendremos mucha suerte si lo conseguimos recordar aquí en España al igual que lo han hecho en Bosnia pero, ya no solo durante este mes de Abril tan raro, sino también en lo que nos reste a cada uno de nosotros en este eterno confinamiento que es nuestra vida adulta. 
Abril 2020 en Mostar.





jueves, 21 de febrero de 2019

CON NOMBRES Y APELLIDOS


Tamar Aphek es la compositora de algunas de las canciones que me acompañaron durante el inicio de mi nueva vida en Madrid hace algo más de once años. Fueron aquellos unos meses muy intensos, llenos de ganas por dejar de mirar atrás, donde cada esquina era una oportunidad para despistar y deshacerme de la melancolía de unas dudas aparentemente sin resolver. No sé vosotros, pero yo, en esos momentos de incertidumbre, siento la música como un báculo sobre el que apoyarme al caminar por un camino incierto.




Sea como fuere, hoy no quiero escribir sobre la cantidad de recuerdos que se me agolpan entre las canciones de esta mujer. Preferiría señalar algo aparte de su talento musical y del valor que tiene su obra para mí, algo más prosaico y que parece -en estos días que corren- hasta feo señalar: Tamar Aphek me pone. Me pone mucho.Su puesta en escena me parece un acto sexual en sí mismo. Ese que se obtiene por la tensión de cimbrearse por el alambre, sexo puro entre golpes de púa y distorsión. Me excita el desafío de intentar averiguar de una vez si su mirada es un intento por olvidar o por seguir aferrada a un recuerdo. Esta mujer tiene algo salvaje e imprevisible que me vuelve loco, como un mordisco entre caricias, como una sonrisa cómplice antes de brindar.


A día de hoy no parece muy correcto decir públicamente, qué te gusta de una mujer, señalar dónde reside su follabilidad. Y no hablo de amor, ni de cosas por el estilo. Hablo de pasión, de deseo, de sexo. Hablo de follar porque hacerlo se está quedando fuera de lugar, como todo lo que sea incómodo, todo lo que no sea lo suficientemente frío o resulte difícil encajar.


Esta noche toca en Madrid, y yo voy a escuchar, a ver y a desear a una mujer con nombres y apellidos.


Mi deseo israelita.







viernes, 30 de marzo de 2018

El espíritu de Mencía


La vida es un crimen pasional. Un amor travestido, despiadado y maravilloso, alrededor del cual gira todo. Como gira la música para poder sonar; como hacen las palabras al alinearse en renglones cargados de semen, alcohol y puñaladas traperas. Vivir es eso, un giro continuo entorno a la pasión de dar sentido a lo que no tiene sentido alguno. Y eso Pepe lo sabe mejor que nadie. 

Cuando Tomás me invitó a escribir unas líneas a modo de prólogo para este libro, de inmediato sentí una mezcla de orgullo y responsabilidad bastante curiosa. Vamos, como el que tiene que lanzar un brindis antes de beber frente a una multitud expectante. 

El caso es que supongo que todo aquel que esté recorriendo estas líneas ya conocerá a Pepe Kubrick de sobra, puede que incluso a José Rubio Fontal. Este hijo de Ponferrada, al asomarse al balcón de la madurez, se prometió a sí mismo no dejar jamás de bailar la música de su juventud y continuar vomitando renglones amantes del tacto de lo intangible. Bajo su mirada gris como el techo del Bierzo, yacen el espíritu de Mencía y mil dosis paralelas de euforia adolescente y gravedad existencial. Calado hasta los huesos por el alma de su tierra, marcado por el prólogo de su propia vida, no ha dejado un solo momento ejercer la pasión por existir. Jamás ha evitado pagar el peaje de este viaje sin retorno, cargado de esperanzas y miedos, vertiendo el ocre del vino por lo que ayer eran folios blancos y hoy pantallas mortecinas. Su genio abrumador huye y se persigue a sí mismo, escondiéndose entre el hedonismo de un vaso lleno y la consciencia de saber que el renglón por escribir tal vez no diga nada nuevo. Es esa melancolía, tan útil y traicionera, la que le salva y le condena al mismo tiempo. Por eso no quiere deshacerse de ella. Pese a todo, alimenta su pasión irrefrenable por seguir viviendo una y otra vez. 

Pepe es tan paradójico, tan real, tan de verdad, que no puedes más que rendirte ante su capacidad de obtener lo excepcional desde las vísceras de lo cotidiano. Lo logra a base de arrebatos de tinta a medio camino entre el exhibicionismo y el reparo. Lleva años contándonos compulsivamente que hay días en los que la vida se describe a sí misma como se desnuda la verdad en la boca de un niño: con una sencillez tan cruda que es capaz de relativizarlo todo sin pretenderlo. Que lo más complicado es lo más sencillo. Que nuestra victoria es saber que la vida solo se puede vivir con pasión a cambio de morir un poco. Todo lo demás es sobrevivir y no merece la pena. 

Creo que ésta es la razón por la que escribe Pepe. Sobre ella se levanta este libro. Ojalá que estas palabras estén a la altura y sirvan de brindis en su honor.

Salud, amigo. Gracias por la pasión.

Stay free.


Participar es este proyecto es un orgullo imperecedero